Noticias destacadas Por qué es importante la unión bancaria en el euro y cómo funcionará
El mecanismo común de
resolución de bancos con problemas es el pilar de la unión bancaria que queda
pendiente de aprobar, a falta de pocos meses para el fin de la legislatura
europea en la que se quería dejar completada esa unión. El objetivo de la unión
es que la vigilancia del sector
financiero y la resolución de eventuales crisis bancarias sea homogénea en
todos los países miembros, reparando parte del pecado original del euro.
Así, después de meses de
negociaciones, primero, para poner de acuerdo a los Estados miembros en un
modelo de resolución y, después, para pactar ese diseño logrado en el Ecofin
con el Parlamento Europeo, parece haberse logrado un preacuerdo entre ambas
instituciones. En la madrugada del 20 de marzo -el día límite para garantizar
que el documento llegara a tiempo al último plenario de la Eurocámara-, se
anunció un compromiso provisional que acelera la constitución del fondo europeo
de liquidación y su mutualización, al tiempo que se limita mucho el papel de
los Gobiernos en la decisión de cerrar una entidad.
Sin embargo, el acuerdo no
podrá darse por hecho hasta que lo ratifiquen el Consejo de la UE y el pleno
del Parlamento Europeo, cuya última sesión será en la semana del 14 de abril.
El objetivo de poner en común
procesos y órganos de decisión en este campo es ayudar a evitar la
fragmentación del sistema bancario de la eurozona, que provoca -por ejemplo-
que empresas y particulares que utilizan la misma moneda tengan diferentes
costes de financiación dependiendo del país en el que residan. Es decir, que
sus características (negocio, deuda, riesgos...) no influyan en lo que les
cuesta financiarse, sino que se vean penalizados por el riesgo que el mercado
aprecia en la banca o en las cuentas públicas de ese país.
También se trata de diseñar
una arquitectura comunitaria que complete a la moneda única y evitar que se
repita lo sucedido en Grecia, Irlanda y Chipre, donde los problemas de la banca
arrastraron a los Estados -obligados a pedir rescates financieros externos para
evitar la suspensión de pagos- y, al compartir divisa, pusieron en peligro a
toda la zona euro.
Las reticencias de los
Gobiernos a perder poder de decisión y a que sus bancos o contribuyentes paguen
las quiebras de otros han llevado a que la estructura final diluya las
intenciones expresadas por la Comisión Europea, el Parlamento Europeo y el BCE
de conseguir organismos y procedimientos universales para la zona euro.
Así, solo se aplicarán
directamente en las 128 mayores entidades de crédito de los 18 países que
integrarán el euro a partir de 2014 y en otras 200 que operan de forma
transfronteriza. Por tanto, en el resto de las 6.000 entidades de la eurozona
seguirán actuando de forma relativamente autónoma las autoridades nacionales.
A falta de concretar numerosos
flecos y de que la estructura de resolución de entidades sea aprobada por el
Parlamento Europeo -una negociación que se presenta muy complicada-, los tres
pilares de la unión bancaria funcionarían de la siguiente forma cuando todo
entre en vigor.
El primer pilar: una
supervisión bancaria común guiada por el BCE
La vigilancia y control
homogéneos de los bancos de la zona euro se ha planteado desde el principio
como el primer paso de la unión bancaria que debe reparar algunos fallos de
creación del euro: al compartir moneda, hay que resolver de forma conjunta
crisis de entidades y aportar fondos, y para eso, primero hay que saber cuál es
la salud de esos bancos, cómo operan y el riesgo que asumen.
Con ese fin ya se ha aprobado
definitivamente el mecanismo común de supervisión, construido en torno al Banco
Central Europeo (BCE). Así, se ha creado una autoridad común de supervisión
formada por un representante del supervisor bancario nacional de cada Estado de
la eurozona, cuatro miembros del BCE, un vicepresidente y un presidente, que
estará integrado en el órgano director del BCE.
Ese consejo supervisor se
encargará de vigilar directamente a los 128 mayores bancos de la eurozona,
otras 200 entidades transfronterizas y las grandes de aquellos países de fuera
de la divisa única que quieran unirse al sistema.
Tal y como deseaba Alemania
para excluir a sus cajas regionales del control común, el resto de entidades
seguirá bajo supervisión de las autoridades nacionales, en el caso de España,
del Banco de España. Ellas también seguirán al cargo de la protección del
consumidor en aspectos financieros, la lucha contra el blanqueo de dinero, así
como de la vigilancia de los servicios de pago -tarjetas, cheques, etc- y de
las sucursales de entidades de países de fuera de la UE.
Aunque las autoridades
supervisoras nacionales mantendrán la vigilancia sobre las entidades más
pequeñas, el BCE podrá intervenir en cualquiera de ellas si aprecia que tienen
problemas o si lo solicita uno de los Estados miembros. También el fondo de
rescate permanente (MEDE) podrá pedir esa supervisión directa del BCE sobre una
entidad concreta si lo deciden por unanimidad todos sus miembros, es decir,
todos los países del euro. Además, fuentes comunitarias insisten en destacar
que el BCE marcará en todo momento la forma de actuar de los supervisores
nacionales.
Así, este nuevo órgano tratará
de evitar irregularidades en los bancos y, cuando detecte problemas en alguno
de ellos, avisará a la autoridad común de resolución, con lo que se pasará a la
segunda pata de la unión bancaria.
Según el acuerdo del Ecofin,
habrá un consejo de resolución que diseñará un plan para afrontar las
dificultades de las entidades sobre las que reciba aviso del BCE o las que
considere en problemas "por su propia iniciativa". Sin embargo, esa
iniciativa correspondería a la Comisión Europea, según el compromiso logrado el
20 de marzo con el Parlamento Europeo.
Ese esquema determinará cómo
usar las distintas herramientas a su disposición para reestructurar la entidad,
sanearla o, en el peor de los casos liquidarla, así como si necesitará recurrir
al fondo común de resolución.
Ese plan de resolución sería
similar a los aplicados en los bancos españoles que han necesitado recurrir al
rescate bancario. Así, se podrán vender activos, recurrir a captaciones de
capital en los mercados, aplicar pérdidas a accionistas y poseedores de deuda
subordinada o preferentes, y -a diferencia de lo ocurrido en el caso español- a
los tenedores de deuda principal. Según recoge la futura norma europea, también
podrá recurrirse en casos concretos a quitas en algunos depósitos superiores a
100.000 euros.
Si se sigue necesitando
capital para cubrir agujeros, se podrá recurrir a ayudas públicas nacionales y,
finalmente, al futuro fondo común de resolución. Solo en casos excepcionales se
podría llegar a pedir ayuda al fondo de rescate europeo (MEDE), con lo que se
intenta evitar que las reestructuraciones y quiebras bancarias las paguen los
contribuyentes europeos.
Una autoridad de resolución
con muchos brazos
El consejo de resolución
marcaría el paso: dónde pasar de un instrumento a otro y en qué momento
recurrir a ayudas nacionales o europeas. Para ello, tendrá dos formatos: uno
ejecutivo (con un director, cuatro miembros independientes y un representante
de cada país afectado por la resolución de esa entidad concreta), que preparará
los borradores de las decisiones, y otro plenario, que sumará a los anteriores
componentes un representante de cada autoridad nacional de resolución, en el
caso español, el FROB.
Según el pacto del Ecofin, ese
pleno aprobaría todas las decisiones que necesiten más de un 20% del fondo de
resolución, las recapitalizaciones de entidades que supongan más del 10% de esa
bolsa común o todos los recursos al fondo cuando éste ya haya desembolsado
5.000 millones en ese mismo año natural. Sin embargo, el papel de este
organismo ampliado se habría limitado mucho en el compromiso con la Eurocámara
-muy insistente en evitar "interferencias políticas"-, dando mayor
papel al órgano ejecutivo. Según informó entonces el Parlamento, la
intervención del Ecofin dependerá de que lo pida la Comisión Europea.
Un punto llamativo es cómo se
votará en ese plenario, ya que el Ecofin planteó que para sacar adelante una
medida deberán respaldarla dos tercios de los países miembros y que ellos
sumen, como mínimo, el 50% de las aportaciones al fondo común de resolución.
Cada país aportará al fondo según el tamaño de su banca, y se pretende que eso
permita introducir una ponderación de votos que no está presente en el propio
BCE, donde cada país -independientemente de su importancia y tamaño- tiene un
solo voto.
Todo este complicado engranaje
ha llevado al presidente del BCE, Mario Draghi, ha recordar que este mecanismo
deberá actuar en situaciones de emergencia, por lo que "si es muy
farragoso, no funcionará" porque las decisiones no serán rápidas.
Un fondo común de resolución
con compartimentos nacionales
A esas complicaciones se
añaden las de la creación de un fondo común de resolución, financiado por el
sector financiero y al que se recurrirá para financiar parte de los
saneamientos o liquidaciones bancarias. Con él se pretende reducir a la mínima
expresión la participación del fondo de rescate europeo.
Ese fondo común se creará con
aportaciones anuales de los bancos de cada país miembro. Cuando empiece a
formarse en 2016, estará dividido en compartimentos nacionales que, en los
primeros años, correrán con la mayor parte del coste de las reestructuraciones
de sus respectivos países.
El Ecofin quería crearlo a lo
largo de los diez años (2016-2026) y que, según fuera creciendo el capital del
fondo, esos compartimentos nacionales fueran mutualizándose poco a poco, con lo
que las inyecciones en los bancos se financiarán cada vez con menos parte
nacional y más común. Eso hasta llegar a 2026, cuando se supone que ya habrá un
fondo común real que asumirá todas las ayudas.
Sin embargo, las fuertes
presiones del Parlamento Europeo consiguieron reducir a 8 años el plazo de
constitución del fondo y que la mutualización del fondo sea del 40% del dinero
aportado el primer año y alcance el 60% de lo acumulado antes del tercer año.
Durante el proceso de
transición, se quiere establecer una red de seguridad o cortafuegos que evite
la insuficiencia de fondos para resolución. Así, si un compartimento nacional y
la parte disponible del fondo común en ese momento no son suficientes, habrá
una financiación-puente. Sin embargo, no se ha especificado cómo funcionará esa
red de seguridad.
El Ecofin sugería que podría
permitirse al fondo común de resolución emitir deuda en el mercado (no se
especifica si esa deuda estaría avalada por los Estados o por un organismo
común) o incluso recabar nuevas aportaciones de los bancos para lograr la
cantidad requerida. El 20 de marzo, los eurodiputados ya especificaron que el
fondo no dispondra de avales públicos.
A partir de 2024, cuando el
fondo común ya sea una realidad, se pretende haber definido también un
cortafuegos común que lo respalde.
Pendiente de una compleja
negociación
Este pilar es el menos
avanzado en su trámite de aprobación europeo. El Parlamento Europeo sí ha dado
el visto bueno a una parte de la legislación: la directiva que fija qué
decisiones pueden tomarse para evitar una crisis bancaria y, si llega a
producirse, qué pasos seguir para sanearla, reestructurarla y, en el peor de
los casos, liquidarla.
Sin embargo, falta aprobar
todo lo pactado en marzo entre Estados y Eurocámara, es decir: cómo será la
autoridad común de resolución y cómo funcionará, así como la fórmula de creación
del fondo común de resolución y la red de seguridad que lo apoyará.
Se pretende sacar adelante
esta pieza antes de que cambie el Parlamento Europeo, antes de las elecciones
del próximo mayo, por lo que es una de las prioridades de la Presidencia griega
que comenzó el pasado 1 de enero.
Tercer pilar: una red de
fondos nacionales para garantizar depósitos
La tercera columna que
sustentará la unión bancaria es la que garantizará los depósitos inferiores a
100.000 euros, que serán los únicos que no sufrirán pérdidas al cerrar agujeros
en un proceso de saneamiento.
En esta parte también se han
desinflado las expectativas, ya que no habrá un fondo común de garantía de
depósitos por la oposición de los países más ricos -encabezados por Alemania-,
sino una red de fondos nacionales con un funcionamiento más o menos homogéneo.
Para este punto, los
Veintiocho y el Parlamento Europeo ya han pactado la directiva correspondiente,
que permitirá utilizar los fondos de garantía de depósitos de cada país para
las intervenciones tempranas, es decir, lo que se hizo en España con la Caja
del Mediterráneo (CAM) o Caja Castilla-La Mancha.
Así, cada fondo nacional -en
el caso de España, el Fondo de Garantía de Depósitos- tiene que tener recursos
equivalentes al 0,8% de los depósitos inferiores a 100.000 euros del país en un
plazo de diez años, lo que debería permitir a los pequeños depositantes de una
entidad quebrada recibir su dinero en el plazo de siete días laborables.
Si la Comisión Europea lo
autoriza, ese porcentaje podría reducirse al 0,5% cuando se trate de países con
"sectores bancarios concentrados", es decir, cuando los activos
bancarios estén concentrados en manos de pocos bancos.
Los bancos de cada Estado
tendrán que hacer sus aportaciones de acuerdo a su perfil de riesgo, por lo que
aquellos que asuman más actividades de riesgo tendrán que contribuir más.
Además, el 70% de los pagos al fondo nacional por parte de la banca tendrá que
hacerse en efectivo y el 30% de su contribución podrá ser en avales u otro tipo
de activos que se consideren aceptables.
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