Tras 20 años, vía libre para que Iberia sea normal

noticias de noticias de aerolineas ,  Pilotos Iberia , Tras 20 años, vía libre para que Iberia sea normal El acuerdo de esta semana entre los pilotos y la dirección de Iberia es una de las mejores noticias del sector del transporte español de las últimas décadas. El acuerdo era el paso más difícil de todos los que la antigua compañía pública de aviación española tenía que afrontar para llegar a ser una compañía totalmente normal, concluyendo así un proceso traumático de veinte años.

¿Qué significa ser una compañía normal, eso que se logró esta semana? Significa que Iberia tenga un propietario que se juegue su dinero y unos trabajadores que sepan que su futuro laboral está vinculado a su productividad y la calidad del servicio que prestan a los clientes. Lo mismo que ocurre en el supermercado, la panadería o el concesionario de coches de la esquina; lo mismo que ocurre con un hotel o una agencia de viajes o una empresa de mensajería.

Porque Iberia no era una compañía normal. Por décadas era una empresa en la que las decisiones no respondían exactamente a la lógica del mercado. Si un ministro pedía que se operara en el aeropuerto de un país en el que no había pasajeros suficientes, allí tenían que ir y venir nuestros aviones, vacíos; los alcaldes y presidentes autonómicos usaban a sus partidos políticos (todos) para lanzar compromisos electorales que afectaban a Iberia, como si fuera una empresa de su propiedad y que después pagábamos todos con unas tarifas imposibles o con nuestros impuestos; un sindicato se plantaba inteligentemente en periodo pre-electoral y lograba lo que pedía, por descabellado que fuera, porque ponía en riesgo el resultado del partido que gobernaba. Los pretextos para todos estos disparates estaban relacionados con el significado estratégico de la compañía, la importancia del Estado en proteger el transporte público, etcétera. Subterfugios mal presentados que en realidad ocultaban un caos en el que el Estado terminaba pagando el precio.

Los políticos españoles probablemente jamás se habrían atrevido a cambiar las cosas. Primero porque odian perder áreas de poder discrecional e Iberia era un fantástico coto en el que hacían y deshacían, y segundo, porque seguramente los ciudadanos no se lo hubieran reconocido jamás. El final de esta locura se lo debemos a nuestra pertenencia a la Unión Europea. Como siempre, lo que viene de Bruselas está santificado con el calificativo de correcto, de ‘ellos saben’. Allí en Bruselas nos dijeron que el transporte aéreo, una de las claves del crecimiento de Europa, no podía continuar como estaba en los ochenta, porque era caro y malo, y que había que cambiar. Cualquiera que tenga un poco de memoria recordará que no había vuelo entre España y una ciudad europea que costara menos de cien mil pesetas, 600 euros de hoy. Y siempre impuntuales, con retrasos o pérdida de maletas. Eran viajes para minorías pudientes, porque esas cantidades eran el salario de un mes de un español medio.
En los noventa, pues, nuestros políticos, de tapadillo, sin proclamarlo aquí en su país, aprueban que Europa abra su espacio a la competencia. Fue la sentencia de muerte para el monopolio público de Iberia y para los privilegios de los que han gozado parte de sus trabajadores, especialmente los pilotos. El resto era cuestión de tiempo. Porque al abrirse el mercado a la competencia, podía entrar aquí un irlandés atrevido, que reclute su plantilla con criterios de empresa privada, y baje las tarifas a lo que pagamos hoy, en grandes líneas una tercera parte de lo que pagábamos antes.

Paso a paso, se ha ido desmontando el modelo. Entre estas medidas de transformación, hay una que destaca: la salida del Estado de la propiedad de la compañía. Este fue uno de los momentos más importantes, porque significa la desaparición del paraguas protector, bajo el cual se podían soportar todos los disparates. Sin Estado, ya todo depende de un particular que quiera o no financiar las tonterías de unos directivos indocumentados o de unos sindicatos aprovechados. Y, como ha ocurrido, una vez hay una propiedad, ese caos duró dos telediarios.

Por eso, el acuerdo de esta semana es tan significativo. Aunque quedan algunos escollos, este era el último gran obstáculo que podía inclinar a Iberia hacia el abismo. Porque el empresario se lo había puesto muy clarito a los negociadores: o la compañía genera beneficios o se cierra. No hay otra alternativa, como le pasa al resto de los mortales que no dependen del Estado. Y los trabajadores, en este caso los poderosos pilotos, ante esta situación nueva para ellos, pese a que han alargado la tensión todo lo que han podido, no han tenido otro remedio que aceptar las condiciones: reducciones salariales suplementarias, congelación hasta 2015, más horas de trabajo, menos tripulantes en ciertos vuelos y desde 2015 aumentos salariales vinculados a rentabilidad. Nada que no ocurra en el resto del mundo, pero que para Iberia es un logro impensable. Hay que releer varias veces lo que aceptaron los pilotos y recordar su historia para comprender la profundidad de este cambio.

Hay que reconocer que los pilotos han actuado de forma óptima en la defensa de sus intereses: tensaron la cuerda tanto como podían mientras podían conseguir algo y cedieron cuando la única alternativa era irse a la calle para después encontrar un trabajo con el mismo salario que ofrece la compañía hoy. También hay que reconocer que, aunque sea costoso en términos de imagen, han sabido reconducir su posición histórica a términos que son manejables.


El acuerdo de esta semana es el final de veinte años de disputas y de mareos. Con gestión privada, sin el papá Estado detrás, probablemente veamos una Iberia como no habíamos visto nunca, aunque no será fácil porque los malos hábitos son fáciles de adquirir y difíciles de olvidar. Sin embargo, nunca antes se pudo manifestar confianza en el futuro de Iberia como ahora. Su horizonte es claro: captar clientes, competir, ofrecernos precios y servicios de calidad, atraer al pasajero. Para quien estaba más preocupado del ministro que del cliente, es un cambio digno de aplauso.

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