Tras 20 años, vía libre para que Iberia sea normal
¿Qué significa ser una compañía normal, eso que
se logró esta semana? Significa que Iberia tenga un propietario que se juegue
su dinero y unos trabajadores que sepan que su futuro laboral está vinculado a
su productividad y la calidad del servicio que prestan a los clientes. Lo mismo
que ocurre en el supermercado, la panadería o el concesionario de coches de la
esquina; lo mismo que ocurre con un hotel o una agencia de viajes o una empresa
de mensajería.
Porque Iberia no era una compañía normal. Por
décadas era una empresa en la que las decisiones no respondían exactamente a la
lógica del mercado. Si un ministro pedía que se operara en el aeropuerto de un
país en el que no había pasajeros suficientes, allí tenían que ir y venir
nuestros aviones, vacíos; los alcaldes y presidentes autonómicos usaban a sus
partidos políticos (todos) para lanzar compromisos electorales que afectaban a
Iberia, como si fuera una empresa de su propiedad y que después pagábamos todos
con unas tarifas imposibles o con nuestros impuestos; un sindicato se plantaba
inteligentemente en periodo pre-electoral y lograba lo que pedía, por
descabellado que fuera, porque ponía en riesgo el resultado del partido que
gobernaba. Los pretextos para todos estos disparates estaban relacionados con
el significado estratégico de la compañía, la importancia del Estado en
proteger el transporte público, etcétera. Subterfugios mal presentados que en
realidad ocultaban un caos en el que el Estado terminaba pagando el precio.
Los políticos españoles probablemente jamás se
habrían atrevido a cambiar las cosas. Primero porque odian perder áreas de
poder discrecional e Iberia era un fantástico coto en el que hacían y deshacían,
y segundo, porque seguramente los ciudadanos no se lo hubieran reconocido
jamás. El final de esta locura se lo debemos a nuestra pertenencia a la Unión
Europea. Como siempre, lo que viene de Bruselas está santificado con el
calificativo de correcto, de ‘ellos saben’. Allí en Bruselas nos dijeron que el
transporte aéreo, una de las claves del crecimiento de Europa, no podía
continuar como estaba en los ochenta, porque era caro y malo, y que había que
cambiar. Cualquiera que tenga un poco de memoria recordará que no había vuelo
entre España y una ciudad europea que costara menos de cien mil pesetas, 600
euros de hoy. Y siempre impuntuales, con retrasos o pérdida de maletas. Eran
viajes para minorías pudientes, porque esas cantidades eran el salario de un
mes de un español medio.
En los noventa, pues, nuestros políticos, de
tapadillo, sin proclamarlo aquí en su país, aprueban que Europa abra su espacio
a la competencia. Fue la sentencia de muerte para el monopolio público de
Iberia y para los privilegios de los que han gozado parte de sus trabajadores,
especialmente los pilotos. El resto era cuestión de tiempo. Porque al abrirse
el mercado a la competencia, podía entrar aquí un irlandés atrevido, que
reclute su plantilla con criterios de empresa privada, y baje las tarifas a lo
que pagamos hoy, en grandes líneas una tercera parte de lo que pagábamos antes.
Paso a paso, se ha ido desmontando el modelo.
Entre estas medidas de transformación, hay una que destaca: la salida del
Estado de la propiedad de la compañía. Este fue uno de los momentos más
importantes, porque significa la desaparición del paraguas protector, bajo el
cual se podían soportar todos los disparates. Sin Estado, ya todo depende de un
particular que quiera o no financiar las tonterías de unos directivos
indocumentados o de unos sindicatos aprovechados. Y, como ha ocurrido, una vez
hay una propiedad, ese caos duró dos telediarios.
Por eso, el acuerdo de esta semana es tan
significativo. Aunque quedan algunos escollos, este era el último gran
obstáculo que podía inclinar a Iberia hacia el abismo. Porque el empresario se
lo había puesto muy clarito a los negociadores: o la compañía genera beneficios
o se cierra. No hay otra alternativa, como le pasa al resto de los mortales que
no dependen del Estado. Y los trabajadores, en este caso los poderosos pilotos,
ante esta situación nueva para ellos, pese a que han alargado la tensión todo lo
que han podido, no han tenido otro remedio que aceptar las condiciones:
reducciones salariales suplementarias, congelación hasta 2015, más horas de
trabajo, menos tripulantes en ciertos vuelos y desde 2015 aumentos salariales
vinculados a rentabilidad. Nada que no ocurra en el resto del mundo, pero que
para Iberia es un logro impensable. Hay que releer varias veces lo que
aceptaron los pilotos y recordar su historia para comprender la profundidad de
este cambio.
Hay que reconocer que los pilotos han actuado de
forma óptima en la defensa de sus intereses: tensaron la cuerda tanto como
podían mientras podían conseguir algo y cedieron cuando la única alternativa
era irse a la calle para después encontrar un trabajo con el mismo salario que
ofrece la compañía hoy. También hay que reconocer que, aunque sea costoso en
términos de imagen, han sabido reconducir su posición histórica a términos que
son manejables.
El acuerdo de esta semana es el final de veinte
años de disputas y de mareos. Con gestión privada, sin el papá Estado detrás,
probablemente veamos una Iberia como no habíamos visto nunca, aunque no será
fácil porque los malos hábitos son fáciles de adquirir y difíciles de olvidar.
Sin embargo, nunca antes se pudo manifestar confianza en el futuro de Iberia
como ahora. Su horizonte es claro: captar clientes, competir, ofrecernos
precios y servicios de calidad, atraer al pasajero. Para quien estaba más
preocupado del ministro que del cliente, es un cambio digno de aplauso.
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